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Festival de Cannes 2026: Crítica de “Shana”, película de Lila Pinell con Eva Huault (Quincena de Cineastas)
Lila Pinell (Kiss & Cry) ya había dirigido a Eva Huault en Le roi David (2021), mediometraje ganador del Grand Prix en el Festival de Clermont-Ferrand y del premio Jean Vigo, por lo que este largometraje funciona como una continuación y ampliación del universo del personaje de Shana.
Shana (Francia/2026). Guión y dirección: Lila Pinell. Elenco: Eva Huault, Noémie Lvovsky, Inès Gherib, Anaïs Monah, Bettina De Van, Geneviève Krief y Sékouba Doucouré. Fotografía: Víctor Zebo. Edición: Jean-Christophe Hym y Emma Augier. Duración: 83 minutos. Estreno mundial en la Quincena de Cineastas.
Los propios programadores de la Quincena definieron a Shana como una comedia, pero viendo la acumulación de contratiempos, desdichas e infortunios de la protagonista del título me cuesta aceptar esa categorización. Es cierto que por momentos Lila Pinell apela a un tono ligero para narrar conflictos (incluida la violencia doméstica, la prostitución o el narcotráfico) que en otras manos podrían haber caído en las redes del melodrama y que el personaje principal interpretado Eva Huault tiene una energía inagotable, una resiliencia y un extraño encanto y magnetismo que nos permiten acompañarla con empatía en sus tortuosas desventuras cotidianas, pero está claro que aquí no hay demasiados gags ni derroche de humor.
Shana pertenece a una familia judía (veremos un Séder de Pésaj, mientras su media hermana, Ilana, bastante menor que ella, se prepara para su Bat-MItzvah), pero a la vez su abuela es originaria de Marruecos por lo que las raíces árabes también están presentes. Precisamente al morir, la anciana le deja a su nieta un hermoso anillo que, aseguran, tiene además poderes para protegerla del mal de ojo. Y esa sortija funcionará en varios momentos como el MacGuffin del relato.
Nuestra querible (anti)heroína, con su cuerpo no normativo y sus labios carnosos producto de alguna inyección, tiene trabajos más bien precarios y una economía también degradada, mientras que su novio de toda la vida, Moïse (Sékouba Doucouré), un dealer bastante pesado y a menudo golpeador, entra y sale todo el tiempo de prisión. Ella quiere (y no puede) separarse de ese cuarentón abusivo y manipulador, mientras su madre, Yolande (Noémie Lvovsky), quien durante un período de su infancia la envió a vivir con una familia adoptiva y con quien mantiene una relación dominada por reproches y resentimiento, quiere encontrarle una nueva pareja.
Si en la intimidad la impulsiva y por momentos descontrolada Shana tiene demasiados vínculos tóxicos (encuentra cierto remanso en algunas amigas), en el plano general el retrato de Pinell nos muestra esa Francia multicultural llena de contradicciones, pero también de interacciones, una sociedad en permanente mutación, con múltiples matices y facetas que se aprecian en los afectos, el machismo reinante y la reacción hacia cierto empoderamiento femenino, la gastronomía, la música y las fiestas.
La película -rodada en fílmico- apuesta a un caos controlado, a una deriva con elementos sorpresivos y en esa acumulación hay pasajes más inspirados y provocadores que otros, pero incluso con sus desniveles y zonas incómodas la sociedad artística entre Pinell y Huault, directora y actriz, es inquebrantable. Se han consolidado entre ellas unos códigos, una complicidad y una síntesis que convierten a Shana en un retrato contemporáneo de indudable potencia, pertinencia y sensibilidad.
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