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Festival de Venecia 2026: Crítica de “A veces me entra tristeza, otras veces rebelión”, película de María Aparicio con Roger Koza y Eva Bianco (Giornate degli Autori)
La directora de Las calles (2016), Sobre las nubes (2022) y Las cosas indefinidas (2023) rodó en Madrid y distintas locaciones de Cataluña este valioso film sobre la relación que se establece entre dos argentinos, un historiador obsesionado por la figura de Juan Bialet Massé y una directora de cine, que se conocen en el Museo Reina Sofía de la capital española.
A veces me entra tristeza, otras veces rebelión / Sometimes Sadness, Sometimes Rebellion (Argentina, España/2026). Guion y dirección: María Aparicio. Elenco: Roger Koza, Eva Bianco y Sergio Boris. Fotografia: Ezequiel Salinas. Edición: Ramiro Sonzini. Sonido: Federico Disandro. Duración: 101 minutos. Estreno mundial en la competencia de la sección paralela Giornate degli Autori.
Antes de ir a la reseña, un para mi muy necesario disclaimer / aclaración: desde que decidí dedicarme al periodismo y la crítica cinematográfica hace ya casi cuatro décadas he mantenido una relación muy distante con los distintos integrantes de la industria audiovisual. Considero que uno no debe ser amigo de cineastas, productores ni intérpretes porque se entra en zona de complacencias, devolución de favores y lo afectivo termina primando por sobre lo profesional. Dicho eso, tengo personas muy queridas de quienes soy amigo desde mucho antes que se dedicaran a trabajar en películas. Uno de esos casos es el de Roger Koza, crítico y programador que en los últimos tiempos ha decidido incursionar cada vez con mayor frecuencia en la actuación. Luego de un papel secundario en Magallanes, del filipino Lav Diaz, ahora es uno de los dos protagonistas de A veces me entra tristeza, otras veces rebelión, que me parece una película notable y, por lo tanto, he decidido reseñarla por más que los indignados de siempre crean que mi entusiasmo está contaminado por el afecto que mantengo desde hace años hacia Roger. Cuando la vean, podrán comprobar si este texto está en sintonía con lo que piensan y sienten sobre el film.
El segundo párrafo tiene que ver con el contexto en el que se hizo A veces me entra tristeza, otras veces rebelión. La directora y guionista María Aparicio fue elegida para la residencia Joaquim Jordá organizada por el Museo Reina Sofía, FIDMarseille y DocLisboa, y en ese marco es que desarrolló este proyecto y aprovechó su estadía en Madrid para rodar en las propias instalaciones del Museo, en otras zonas de la capital española como el barrio de Lavapiés y en varias locaciones de Cataluña un largometraje hecho con un equipo mínimo y recursos acotados, pero con amplios horizontes, diversas lecturas y múltiples dimensiones.
Dante Ferro (Roger Koza) es un historiador argentino que cada mañana es el primero en llegar a la biblioteca pública porque ha ganado una beca para investigar la vida y sobre todo la obra de Juan Bialet Massé (1846–1907), un médico, abogado, ingeniero agrónomo, docente, empresario y constructor de origen catalán nacido como Joan Batlle Mas que se radicó en Argentina en 1873, recorrió buena parte del país para analizar el estado de la explotada clase obrera en las distintas provincias, y fue un precursor en cuestiones de legislación laboral.
Por su parte, Eva Carrasco (Eva Bianco, actriz-fetiche de Aparicio) es una cineasta que llega a un departamento prestado en Madrid con la idea de pasear un poco por la ciudad luego de haber presentdo un cortometraje suyo en un festival francés. La relación entre ambos comienza con un equívoco, de manera muy accidentada. Dante la ve observando fotografías dentro del Reina Sofía y comienza a seguirla. Ella, visiblemente nerviosa, comienza a mirarlo con creciente recelo y a huir cada vez a mayor velocidad. Finalmente, él la alcanza, le dice que la conoce del Cineclub Hugo del Carril de Córdoba y, mientras le habla de “usted”, la invita a tomar un café. Ella finalmente acepta no sin antes hacerle los reclamos del caso por tan mala aproximación, digna del peor de los acosadores.
Eva se interesará cada vez más por la personalidad del historiador y por su objeto de estudio, pero no logra entender por qué alguien ha dedicado tantos años de su vida a estudiar a un hombre de principios del siglo XX cuando la Argentina y buena parte del mundo atraviesan un presente tan catastrófico, mientras las condiciones de trabajo no paran de precarizarse. No se trata de un diálogo antojadizo, ya que la película dedicará buena parte de la segunda mitad a una zona más propia del documental en la que Dante entrevista a inmigrantes latinoamericanos, africanos y asiáticos que cuentan las condiciones de explotación (jornadas de 12 o 15 horas por una paga mínima) no muy distintas a las que Bialet Massé descubrió y denunció hace 120 años.
Dante y Eva se irán juntando, separando y reencontrando en una película que no solo transcurre en bibliotecas y cafés, sino que está hecha de viajes en trenes y en auto (en determinado momento irán a la zona de Argentona y Mataró para conocer sobre los orígenes de Bialet Massé), de salas de cine, de flores, de cartas, de caminatas y de largas charlas frente al mar, mientras de fondo pueden sonar desde Tan solo una estrella, de Miguel Saravia, hasta interpretaciones en piano de composiciones de Domenico Scarlatti, Franz Schubert y Claude Debussy.
De las vicisitudes de intelectuales y artistas a las penurias reales que cuentan las inmigrantes que limpian baños, cuidan ancianas o son camareras en condiciones muchas veces infrahumanas, la película -que mantiene cierto diálogo a la distancia con Reimon (2014), de Rodrigo Moreno- vincula de alguna manera la tristeza y el llamado a la rebelión a las que alude el extenso título.
No todas las decisiones narrativas (como un sueño en el que aparece Bialet Masse interpretado por Sergio Boris) o visuales (la corrección de color ha dejado imágenes por momentos demasiado brillantes en un brusco cambio respecto de los films previos de Aparicio) son las más apropiadas, pero A veces me entra tristeza, otras veces rebelión es una pequeña maravilla por sus ínfulas y sus alcances; y adquiere el estatus casi de proeza si se tienen en cuenta las condiciones de producción en las que fue concretada. Otro paso firme en la carrera de una directora como Aparicio que demuestra que si al talento se le suman tesón y perseverancia, la capacidad de optimizar recursos y disimular carencias, se puede concretar un film así a más de 10.000 kilómetros de su Córdoba natal.
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