Críticas
Estreno en cines
Crítica de “Clayface”, película de James Watkins con Tom Rhys Harries y Naomi Ackie
Warner sigue expandiendo el universo de DC con un film que tuvo en el origen del proyecto al prolífico Mike Flanagan -quedó como coguionista junto a Hossein Amini (Drive)-, pero que por problemas de agenda terminó siendo dirigido por James Watkins (Eden Lake, La dama de negro, Atentado en París, No hables con extraños).
Clayface (Estados Unidos, Reino Unido/2026). Dirección: James Watkins. Elenco: Tom Rhys Harries, Naomi Ackie, Max Minghella, Eddie Marsan, David Dencik, Nancy Carroll, Joana Ribeiro y Joshua James. Guion: Mike Flanagan y Hossein Amini, basado en una historia de Flanagan. Música: Volker Bertelmann. Fotografía: Rob Hardy. Edición: Jon Harris. Distribuidora: Warner Bros. Duración: 108 minutos. Calificación: R-17.
Justo cuando empiezo a escribir estas líneas (me demoré en hacerlo por acumulación y diversificación laboral) se publican las primeras críticas de Clayface en el exterior y muchas son negativas. La desprecian justamente por lo que a mi -alguien que en general tiene bastantes diferencias con las películas de DC y la reciente Supergirl le pareció fallida- me gustó: que es demasiado gore, que es demasiado sencilla, que es demasiado cómica para abordar el surgimiento de un villano... En mi caso, la percibí como una apuesta orgullosamente sangrienta (hola Sam Raimi), como un exponente por momentos muy logrado del body horror (hola David Cronenberg) y a nivel estético como un film que bebe de las raíces más puras del comic y no tanto de la solemnidad, del virtuosismo y de las grandes ambiciones de, digamos, las Batman de Christopher Nolan.
Watkins no es reconocido como un autor de prestigio dentro del cine de género, pero sí como un artesano que suele cumplir con eficacia y dignidad. Aquí va un paso más allá con un film que no necesita de una historia retorcida y rebuscada ni de un aluvión de guiños cómplices y de easter eggs para resultar un entretenimiento disfrutable y que de forma inteligente se ubica a mitad de camino entre la identificación plena con el protagonista (al fin de cuentas se irá transformando en un monstruo), la mera ridiculización o una exaltación con pretensiones de sátira política a-lo-Joker.
Tom Rhys Harries es Matt Hagen, un actor carilindo que está en pleno ascenso y con destino de estrella de Hollywood. Justo cuando recibe la noticia de que ha sido nominado al premio Oscar y está a punto de iniciar la producción de su nueva película, va a una fiesta con su amigo Corey Bowery (Joshua James) y termina siendo seducido por la muy atractiva Mia (Joana Ribeiro), con quien terminará en la cama. Gravísimo error. La joven es la novia de Markos Szabos (David Dencik), un gangster que maneja con mano dura el submundo sórdido de una Gotham City siempre húmeda y roñosa, y -junto a sus matones- le desfigurará el rostro a navajazos. Para colmo de males, una arrasadora campaña de desprestigio mediático lo convertirá en un paria.
Sumido en la depresión, con su prometedora carrera hecha añicos y luego con ansias de venganza y una sanidad mental cada vez más en riesgo, Hagen encontrará en la doctora Caitlyn Corr (Naomi Ackie), una brillante científica que investiga de forma experimental (sin autorización y ahora sin fondos) en nanotecnología, la única alternativa para reconstituir su cara. En un principio, la técnica da resultados asombrosos (es muy buena la escena en la que irrumpe en la alfombra roja de un film del que había sido desplazado), pero pronto se comenzarán a apreciar los efectos secundarios (excelente la secuencia a bordo de un avión en medio de fuertes turbulencias). De hecho, hay varios pasajes que están muy bien filmados pero con situaciones tan extremas que un espíritu tan impresionable como el mío debió taparse más de una vez la cara y espiar por entre los dedos.
Matt y Caitlyn pasan cada vez más tiempo juntos y se obsesionan con el otro, pero no solo porque él es el conejillo de Indias para las pruebas y ella, la posible salvación para ese hombre deforme, sino porque la creciente atracción mutua es evidente. El problema es que Caitlyn es la pareja de John Borrelli (Max Minghella), el detective bienintencionado y bonachón que intenta investigar los hechos en medio de un sistema corrupto.
Clayface nació en 1940 (ya es un anciano de 86 años) y nunca fue de los villanos más populares del universo de Batman, pero con esta película emerge como un personaje atractivo y con un gran potencial. No estamos ante una película extraordinaria, pero sí una bienvenida sorpresa dentro de un universo que no suele regalarlas en abundancia. Aunque los colegas extranjeros aseguren que se trate de un film muy menor, desde aquí nos posicionamos esta vez en contra del consenso y la recomendamos sin euforia desmedida pero con sinceridad.
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