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BAFICI 27
BAFICI 2026: Crítica de “No matar”, documental de Juan Villegas (Competencia Argentina)
El director de Sábado, Los suicidas y Las Vegas estrenó lo que él define como “un ensayo de memoria crítica sobre la violencia revolucionaria en la Argentina de los años '70” que en sus 222 minutos de duración parece (pre)destinado a una controversia más política que cinematográfica.
No matar / Not to Kill (Argentina/2026). Guion, producción y dirección: Juan Villegas. Fotografía: Gaspar Chaves. Edición: Miguel de Zuviría. Sonido: Valeria Fernández. Testimonios: Aldo Duzdevich, Sergio Bufano, Emilio del Guercio, Delia Lozano, Esteban Giovanelli, Claudia Muscat, Cristina Muscat, Ariel Lombardero y David Barrios. Duración: 222 minutos.
Las posturas sobre los años '70 están tan polarizadas y cristalizadas que casi no hay lugar para matices. “La juventud maravillosa”, reivindican de un lado; “Memoria completa”, gritan del otro. En ese sentido, la idea de ampliar el debate y empatizar con quienes no han tenido tanto espacio en el cine y en los grandes medios para contar su historia (me refiero a los familiares de las víctimas de los operativos de la guerrilla) podría haber sido un aporte valioso, pero la película de Villegas tiene tantas contradicciones internas, tantas limitaciones formales y estructurales, tantos caprichos y arbitrariedades, que el resultado -si bien interesante para retomar algunas discusiones- es bastante menos estimulante de lo que prometía y ambicionaba.
La película arranca con cuatro placas del director que parecen una mezcla de excusas, salvedades y declaración de intenciones, seguidas por extractos de escritos de Pilar Calveiro, Hugo Vezzetti, Claudia Hilb, Pablo Giussani, Héctor Schumcler, Oscar del Barco y Beatriz Sarlo. Que durante ese prólogo suene Percusión, de Domingo Cura, parece más una burla que un homenaje al Pino Solanas de La hora de los hornos, pero dejemos eso a la libre interpretación.
“La dictadura que gobernó la Argentina entre 1976 y 1983 fue lo más perverso y tenebroso que ocurrió en la historia de nuestro país”, dice el segundo de los carteles. “Es hora de empatizar de una vez por todas con el dolor de los familiares de esas víctimas”, remata el cuarto. En ese sentido, el film de Villegas está muy en sintonía con estos tiempos del “sí, pero ustedes...” con que cada extremo de la grieta responde al otro.
La película, que para mi gusto no adopta una postura siniestra ni fanática como sí la tienen los videos con que en cada 24 de marzo el actual gobierno provoca a los que considera sus enemigos, está siendo utilizada por medios y referentes de la derecha más o menos cercanos al mileismo para reivindicar algunas de sus postulados sobre la “memoria completa” (y por extensión a la “teoría de los dos demonios” y al negacionismo). Que Villegas ponga que “la dictadura fue lo más perverso y tenebroso”, que encuadre mejor que el “cineasta” (propagandista) Santiago Oría (igual todos los testimonios son en plano fijo con una puesta por demás ascética y austera) o que lo haga con formas más prolijas y contemporizadoras no lo exime de abonar el terreno para que esas posturas encuentren algún sustento adicional.
Dicen quienes celebran con entusiasmo No matar que es una película valiente porque el cine argentino nunca se atrevió a mostrar la(s) otra(s) campana(s). Producirla y estrenarla durante el gobierno de Milei y poner entre la bibliografía Los otros muertos (2014), de Victoria Villarruel y Carlos Monfroni, no parece un acto de audacia, sino más bien de oportunismo. Osado hubiera sido lanzarla durante el kirchnerismo o incluso en el contexto del timorato gobierno de Alberto Fernández y plantear el debate cuando la política de Estado en la materia era otra.
A los citados planos fijos que ocupan casi por completas las algo más de tres horas y media hora de metraje, Villegas les suma algunos clips con materiales de archivo de la época durante los que suenan, por ejemplo, Ayer nomás, por Moris; y Maribel se durmió, por Spinetta Jade. No se entiende muy bien por qué y para qué, como tampoco la presencia en cámara de Emilio del Guercio, más allá de su postura “revisionista” respecto de los '70 y la posibilidad de insertar otros pasajes musicales suyos (en esa época, luego de Almendra, formaba parte de Aquelarre).
Los testimonios de Delia Lozano (el más interesante), Esteban Giovanelli, Claudia Muscat, Cristina Muscat, Ariel Lombardero y David Barrios, todos familiares de víctimas del accionar de Montoneros y el ERP, tienen un indudable valor emocional y reivindicativo, pero más allá de eso no es demasiado lo que aportan al debate. Reclaman, no sin razón, que se los escuchó mucho menos que a los hijos de los desaparecidos o asesinados por la dictadura militar, pero el metraje de esos fragmentos -incluso cuando aparecen entrecortados- lucen reiterativos y excesivos.
Y llegamos a los que son, sin dudas, los dos testimonios más potentes, ricos y que constituyen el corazón del relato: el de Sergio Bufano, quien hasta su exilio en México en 1977 estuvo ligado a grupos de izquierda que tomaron las armas; y sobre todo el de Aldo Duzdevich, quien formó parte de la primera etapa de Montoneros. Ambos dan muy bien en cámara, son inteligentes, precisos en el manejo de los datos y ofrecen, claro, una mirada muy (auto)crítica respecto del uso de la violencia (que comenzó bastante antes del golpe de 1976, incluso durante los gobiernos de Cámpora, Perón e Isabelita) y la forma en que desde las cúpulas de esas organizaciones se manipuló y luego se descuidó a cientos de jóvenes idealistas. Esa es la zona más cuestionadora y que invita al debate.
Villegas parece apostar por un diálogo imaginario (como forma de impulsarlo incluye un fragmento de una emisión de 1995 del programa televisivo Hora Clave que conducía de Mariano Grondona en el que Jorge Reyna, exdirigente montonero, mantuvo una tensa conversación cara a cara con la por entonces muy joven Delia Lozano, a quien vemos ahora, 30 años después, reaccionando frente a ese momento), pero, a pesar de sus prevenciones, aclaraciones y excusas, lo que se ve y se escucha en No matar parece estar más cerca del discurso de “memoria completa” (y en ciertos pasajes de algunos testimonios que decide incluir hasta de abrazar “la teoría de los demonios”) que de reivindicar lo que hasta hace poco tiempo era casi un consenso social irrenunciable e incuestionable: el juicio y castigo a los responsables de la dictadura militar.
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