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Festival de San Sebastián 2026: Crítica de “Mis muertos tristes”, de Pablo Larraín, con Mercedes Morán y Dolores Fonzi (Competencia Oficial)
Estrenada en el festival como una película de 187 minutos, esta creación del director de films como Tony Manero, Post Mortem, No, El club, Neruda, Jackie, Spencer y Ema, basada en cuatro relatos de Mariana Enriquez, llegará a Netflix el próximo jueves 24 de septiembre como una miniserie de cuatro partes y un duración total de 201 minutos.
Mis muertos tristes / My Sad Dead (Argentina, Chile/2026). Dirección: Pablo Larraín. Elenco: Mercedes Morán, Dolores Fonzi, Alejandra Flechner, Carolina Álvarez, Carlos Portaluppi, Carlos Portaluppi, Germán de Silva, Luz Jiménez y Sergio Prina. Guion: Mariana Enriquez, Guillermo Calderón, Anastasia Ayazi y Pablo Larraín. Fotografía: Sergio Armstrong. Edición: Sofía Subercaseaux. Música: Francisco Durán y Mauricio Durán. Sonido: Miguel Hormazabal, John Warhurst y Mauricio López. Duración: 187 minutos (201 en el formato de serie en Netflix).
Casi dos años después del estreno en Sundance 2025 de La virgen de la tosquera, modesta producción independiente dirigida por Laura Casabé y sin estrellas en el elenco en la que Mariana Enriquez no participó en la transposición (fue escrita por Benjamín Naishtat), llega Mis muertos tristes, ambicioso proyecto financiado por Netflix, rodado por un cineasta de relieve internacional como el chileno Pablo Larrain, protagonizado por figuras como Mercedes Morán y Dolores Fonzi y en el que Enriquez no solo aparece como coautora del guion sino que tiene también un crédito como productora ejecutiva.
Sé que las comparaciones son odiosas y muchas veces injustas, y también que Mis muertos tristes se ubica bastante por encima de media de tantas series algorítimicas que inundan el catálogo de Netflix, pero creo que La virgen de la tosquera consiguió sintonizar con el universo de la celebrada escritora de una manera más sutil, más enigmática y fascinante, menos obvia que en este film / serie del realizador chileno.
La historia arranca cuando Ema (Morán), una médica que acaba de jubilarse (en verdad la han forzado a dejar su cargo de jefa en un hospital) y que tiene la habilidad de ver y comunicarse con los muertos, acompaña los últimos instantes de vida de su madre. Esa anciana, claro, reaparecerá a cada rato porque esa capacidad de contactarse con quienes han fallecido no será exclusiva de la protagonista.
El universo familiar de Ema se completa con su hija Carolina (Dolores Fonzi), una fotógrafa con la que no mantiene la mejor de las relaciones, y con su hermana Lidia (Alejandra Flechner), quien regresa desde Portland, Oregon, junto a su marido Tomás (Carlos Portaluppi) para que la hija del matrimonio, Julie (Carolina Álvarez), que acarrea múltiples problemas psiquiátricos y de sobrepeso, sea atendida en la salud pública argentina y evitarse así los costosos tratamientos en los Estados Unidos.
La acción se desarrolla en Piedrabuena, una zona del conurbano profundo con inmensos monoblocks brutalistas donde impera la violencia y la degradación, donde casi todos parecen portar armas (y estar listos para usarlas) y consumir drogas duras, y a la que ni ambulancias ni patrulleros se atreven a ingresar. En esa jungla de cemento marcada por la suciedad, la precariedad, la tensión, la impunidad y la ley del más fuerte es por donde deambularán vivos y muertos, en una “convivencia” por demás angustiante.
Sin avanzar demasiado en el desarrollo, lo concreto es que Julie, quien comparte el mismo “don” que Ema, se escapa de un neuropsiquiátrico en el que había sido internada contra su voluntad, al poco tiempo desaparece y, como es mayor de edad y el contexto no es precisamente favorable, la policía se niega a iniciar su búsqueda. De forma paralela, la zona comienza a ser afectada por agua contaminada que genera efectos muy particulares entre quienes la consumen (no ahondaremos en ellos).
A partir del relato homónimo de Enriquez y con elementos tomados de otros cuentos como Un lugar soleado para gente sombría, Julie y Cuando hablábamos con los muertos, Larrain se propuso superar el siempre complicado desafío de narrar una historia que incluye hechos sobrenaturales con espíritus que vagan por la zona e interactúan con los personajes principales y hay que decir que en varias decisiones narrativas y visuales (largos planos secuencia a pura steadycam, una fotografía a cargo de su compatriota Sergio Armstrong que se desmarca de los colores brillantes tan propios del look Netflix para apostar a tonos más apagados, opacos y desaturados) el resultado es más que interesante, pero también que por momentos la interacción entre los (no tan) vivos y los (no tan) muertos y sobre todo la exposición del submundo realista y fantástico a la vez de Piedrabuena caen en ciertos subrayados, como si las audiencias globales de la N roja no pudieran entender ciertas sutilezas, contradicciones, delicadezas, sofisticaciones y matices que sí afloran en la literatura de Enriquez. De todas formas, la mirada política y la posibilidad de la sororidad femenina en medio del duelo y la culpa en busca del perdón y la reconciliación siguen estando presentes en el relato del realizador chilneo.
Más allá de que, tratándose de un film largo (o serie corta) estrenada en un festival top como San Sebastián, con un realizador como Larraín, la participación directa de la propia Enriquez y un elenco técnico y actoral de primera línea uno hubiera querido entusiasmarse aún más, lo cierto es que Mis muertos tristes se desmarca de los lugares comunes de la factoría Netflix e invita con sólidos atributos artísticos a sumergirse en ese universo de personajes que no buscan la empatía fácil (la Emma de Morán es particularmente vehemente y malhablada), relaciones tóxicas, violencia sistémica y climas cada vez más enrarecidos en el que las aguas bajan definitivamente turbias.
Más sobre "Mis muertos tristes"
Entrevistas a las actrices Mercedes Morán, Dolores Fonzi, Alejandra Flechner y Carolina Álvarez
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