Críticas
Cine argentino en salas
Crítica de “Tortuga persigue a tortuga”, película de Víctor González (MALBA y Fuera de Campo)
Tras su estreno mundial en la competencia Oficial Vanguardia y Género del BAFICI 2025, llega al MALBA (y también se exhibe en la muestra marplatense Fuera de Campo) la nueva película del siempre provocativo director de Guachoabel, Ciudad de Dios y El cielo elegido.
Tortuga persigue a tortuga (Argentina/2025). Dirección, guion y edición: Víctor González. Elenco: Mabel Dai Chee Chang, Maria Canel, Colo Ruggieri, Víctor González. Cámara y Sonido: Gabriel Pipkin y Mauricio Skorulski. Música: Pablo Bas. Producción Ejecutiva: Vanina Spataro. Duración: 74 minutos. Se exhibe los sábados de noviembre, a las 18, en el MALBA (Av. Figueroa Alcorta 3415). En Fuera de Campo se proyecta el lunes 10, a las 19.45.
La pregunta por la manera en que una cámara altera la realidad es casi tan vieja como el cine mismo. En un contexto donde la frontera entre el documental y la ficción suele diluirse hasta volverlos parte de un todo imposible de disociar, Víctor González -director de fotografía de Picado fino y Parapalos, entre otras, además de realizador de films como Ciudad de Dios y El cielo elegido- vuelve al ruedo con una película que puede leerse como testimonio y performance, como una apuesta extrema por indagar en el peso de la cámara como objeto, pero también como detonador y testigo.
Exhibida en la Competencia de Vanguardia y género de la última edición del BAFICI, Tortuga persigue a tortuga se sustenta en dos registros de vídeo casero grabados a fines de los años '80 en formato VHS. En el primero de ellos, un joven (interpretado por el propio González) llega a la casa que comparte con un matrimonio (El Colo y María) para saber por qué han decidido echarlo. Lo particular es que no lo hace solo, sino acompañado por un camarógrafo cuya misión es registrar todo lo que ocurra. Y lo que ocurre es una sucesión de reproches y reclamos que no hacen más que escalar la incomodidad tanto del espectador como de María y El Colo, que no quieren saber nada con la presencia de la cámara.
El segundo video es más extenso y tiene al mismo joven recibiendo a su ex pareja en el departamento al que él acaba de mudarse. Da toda la sensación de que terminaron en buenos términos y que todavía queda algo del vínculo construido entre ambos. La cámara se mantiene ahí, casi excesiva, captando lo que quiere ocultarse: la vergüenza, el reclamo, la restitución fallida, las revelaciones y los lapsus de honestidad brutal, especialmente de parte de ella. En ese sentido, González invierte la pregunta: no tanto qué ocurrió como de qué manera incide la cámara en lo que ocurre.
Tortuga persigue a tortuga (título elusivo y sin relación concreta con lo que se narra) es una película que se mueve en los márgenes del cine directo, del found footage y del ensayo autobiográfico. La textura de imagen -el grano, el sonido ambiente, la movilidad improvisada del encuadre- genera un efecto entre el extrañamiento ante algo que nunca queda claro si es auténtico o una puesta en escena y la incomodidad frente a las situaciones que vivencia el alter ego ¿ficticio? de González.
Para quienes esperen una trama clara y con las resoluciones clásicas de un guion medianamente tradicional, las búsquedas de González pueden sentirse rígidas, distantes o incluso herméticas. Para aquellos espectadores que abracen la tensión entre lo grabado, lo vivido y lo editado, en cambio, Tortuga persigue a tortuga se presenta como un ejercicio radical cuya escala pequeña no impide que las implicaciones sean enormes.
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