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Crítica de “Stranger Things - Temporada 5 (primera parte)”, serie de Matt y Ross Duffer (Netflix)
Cuatro episodios estrenados para el fin de semana de Acción de Gracias que se celebra en los Estados Unidos, otros tres previstos Navidad y el final que llegará con el Año Nuevo. Así es el algo caótico cronograma de lanzamientos de la quinta y última entrega de una de las series más populares en la historia de la N Roja. Los cuatro capítulos ya disponibles potencian una tendencia que ya se venía percibiendo: una historia más ampulosa, recargada, estirada y con una apuesta al impacto constante como para sostener la atención dentro de un relato menos fluido y articulado.
Stranger Things - Temporada 5 (primera parte) (Estados Unidos/2025). Creadores: Duffer Brothers. Dirección: Matt y Ross Duffer (episodios 1, 2 y 4) y Frank Darabont (episodio 3). Elenco: Winona Ryder, David Harbour, Millie Bobby Brown, Finn Wolfhard, Gaten Matarazzo, Noah Schnapp, Caleb McLaughlin, Sadie Sink, Natalia Dyer, Charlie Heaton, Joe Keery, Maya Hawke, Brett Gelman, Priah Ferguson, Linda Hamilton, Cara Buono y Jamie Campbell Bower. Son cuatro capítulos: La misión (71 minutos), La desaparición de... (57 minutos), La trampa de Turnbow (69 minutos) y Hechicero (86 minutos). Ya disponible en Netflix.
Lo primero que llama la atención de Stranger Things 5 es cómo ha cambiado la fisonomía de los otrora niños, luego adolescentes y hoy ya prácticamente adultos protagonistas. Esa evolución tiene su lógica sustentada en el implacable calendario: la serie se estrenó en julio de 2016, por lo que ha transcurrido casi una década. Millie Bobby Brown, por ejemplo, que supo encarnar al personaje principal dentro de una estructura siempre coral y ahora (quizás porque contó con días de rodaje limitados debido a sus otros múltiples proyectos artísticos) tiene menos minutos en pantalla, era una pequeña de 12 años cuando su Eleven / Once irrumpió en el imaginario popular y en la actualidad es toda una mujer que en breve cumplirá 22.
Los cambios en los rostros y los cuerpos de aquellos héroes infantiles (la que no envejece nunca es Winona Ryder, quien a sus 54 años parece ya más una hermana o amiga del grupo que la madre de Will y Jonathan Byers) no son solo algo estético, cosmético, sino que de alguna manera definen los vuelcos de tono, de ritmo, de impronta, de esencia y hasta cierta pérdida de simpatía y carisma que ha resentido el resultado de la serie. Aquellos niños encantadores son hoy adolescentes o veinteañeros con movimientos más ampulosos, más torpes. Ya no se percibe una camaradería natural, todos luce más estructurado, calculado, artificial, atado a las fórmulas que la propia serie fue creando y de la que no puede (ni quiere) apartarse.
Las distintas subtramas se ven como compartimentos estancos, el uso del montaje paralelo entre lo que ocurre en una y otra suena más forzado que fluido o articulado y hasta el product placement (como la inclusión de una conocida gaseosa) es casi tan torpe como en el caso del film nacional Homo Argentum. Si muchas escenas y secuencias lucen estiradas, los hermanos Duffer siempre tienen a mano un golpe de efecto de impronta fantástica (léase Demogorgon, Vecna, etc.) o un cliffhanger con mucho impacto como para cerrar cada capítulo y así promover la adicción al binge watching, a maratonear sin respiro.
Gaten Matarazzo, Finn Wolfhard, Caleb McLaughlin y Noah Schnapp.
Como en toda serie de largo aliento (ya estamos, quedó dicho, a casi 10 años y 5 temporadas del inicio), hay evoluciones y mutaciones: si Eleven, cuya interacción es con el personaje de su padre adoptivo Jim Hopper (David Harbour), ha perdido algo de preponderancia, ahora es la pequeña Holly Wheeler (Nell Fisher) la que ha ganado mucho más protagonismo y de alguna manera se convierte en el eje, el centro, el corazón de los distintos conflictos.
Stranger Things mantiene su tónica, su estética y sus obvias deudas a los universos de Stephen King y Steven Spielberg, pero hay algo que se ha ido evaporando con el correr de la serie y de los años en el pueblo de Hawkins. Ni siquiera la inclusión para el tercer episodio de un director como Frank Darabont (realizador de Sueño de Libertad / The Shawshank Redemption y Milagros inesperados / The Green Mile) o la aparición de Linda Hamilton, la ya mítica Sarah Connor de Terminator, le insuflaron nuevos aires, algo de renovación a una serie que -más allá de la indudable popularidad que alcanzó (Netflix se cayó en varias partes del mundo en los minutos siguientes a que estos cuatro capítulos se subieron a la plataforma)- pide a gritos su final, que llegará el 31 de diciembre y que ojalá esté a la altura de las expectativas.
Por ahora, Stranger Things hace “honor” a una máxima del universo audiovisual: más es menos. En esta compulsión por un universo que acumula estímulos e impacto ya no hay vuelta atrás como para comprender que, por el contrario, muchas veces menos es más.
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